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Hace unos meses, renovaron los muebles de la oficina donde trabajo. Retiraron todas las mesas, sillas y armarios para cambiarlo por nuevo mobiliario. Entonces, pensé que sería una buena idea traerme una de las sillas de oficina a casa, ya que era mejor que la que actualmente tenía en casa. El único problema era transportarla...aunque después de darle algunas vueltas llegué a la conclusión que podría empujarla hasta casa, ya que la silla tenia ruedas y mi casa solo queda a 30 minutos andando de la oficina. Mientras empujaba la silla considerablemente grande de camino a casa por pleno centro de Tokio, produciendo un tremendo estruendo por el asfalto de la acera, comprobaba como ningún japonés me miraba de forma extrañada ni lo más mínimo. Supongo que eso le da a uno una pista de que en este país, efectivamente, el sentido del ridículo no existe, y por eso alguien puede ir por la calle, en pleno corazón de Tokio empujando una silla de oficina de forma escandalosa sin llamar la atención. A la vez intentaba imaginarme esa misma situación en, digamos, Madrid, y creo que no sería capaz de haberlo hecho allí. Al menos, no sin haber pasado mucha más vergüenza de la que pasé en Tokio. Al los pocos días, hablando con un antiguo becario de la oficina, le comentaba cómo los japoneses parecían carecer de ese sentido del ridículo que tanto nos cohíbe, especialmente a los españoles, y como aquí parece no importarle a nadie si alguien lleva una falda puesta de sombrero o unos pañales a modo de pantalones. Los japoneses simplemente...pasan de todo. Entonces, él me comentó que ya había tenido el placer de experimentarlo por si mismo mientras estuvo de becario, cuando decidieron ir a comprar una cama y un micro-ondas, que transportaron entre varias personas de punta a punta de la ciudad, incluyendo el transporte en metro. Incluso tenía fotos de aquel genial momento.
Bien, pues os diré que, como era de esperar, tantos meses de intoxicación nipona han terminado por hacer su efecto incluso en mi. En este país de frikis, meca de frikis, uno al final acaba perdiendo sus defensas y haciendo el ridículo como cualquier ciudadano de los que le rodean, o incluso más. Decidimos pues poner a prueba los límites del sentido del ridículo. Aun a riesgo de que estas fotos acaben algún día con mi carrera, aquí está el documento gráfico:
Me interesan vuestros comentarios sobre estas fotos, así que, por favor, escribidlos más abajo :)
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